DIARIO DE UNA HORMIGA
Hoy es 1 de febrero
Mes del amor. Me despierto pensando en todos los recuerdos que me trae este mes.
Recuerdos inolvidables que viven guardados en mi corazón. Es el mes del amor. Así que voy a meditar sobre esa palabra tan pequeña, pero que encierra un mundo de inmensidad afectiva.
Porque existe el amor y también el AMOR (así con mayúsculas). Los dos son maravillosos. Quizás el más conocido es el amor, pero cuando conocemos y hemos vivido el AMOR, podemos decir como Neruda: “Confieso que he vivido”.
Y es que el AMOR no se mide en promesas grandilocuentes, sino en la delicadeza de los gestos que sostienen la vida compartida. Es respeto silencioso a las ideas del amado, aunque difieran de las nuestras, porque amar es reconocer la libertad del otro como sagrada.
El AMOR es que pasen los años, diez, veinte, o sesenta y seis y puedas sentir el mismo temblor del primer día cuando ves a la persona amada, cuando escuchas su voz, cuando sientes su piel.
Las mismas mariposas revoloteando dentro de ti.
Ese AMOR se revela en la mirada que escucha, en la palabra que no hiere, en la mano que se extiende para aliviar el peso de la jornada, para sostenerte. En el abrazo compartido. En el beso, siempre deseado.
En la ternura a flor de piel.
La consideración es la forma más pura de cariño: saber esperar, saber callar, saber acompañar. Y es que la ayuda del AMOR no es sacrificio, sino alegría de servir; la compañía no es presencia física solamente, sino presencia del alma que dice: “no estás solo, camino contigo”.
Las muestras de afecto son pequeñas semillas: un abrazo, un gesto, un silencio compartido que florece en confianza.
Así pues el verdadero AMOR es, en esencia, un mirar al otro como un misterio digno de cuidado, como un universo que merece ser celebrado. Como un ser único al que quieres acompañar en este viaje de la vida. Siempre a su lado, prodigándole atención, cuidado y respeto. Anhelando siempre su presencia y su contacto cariñoso. Su cercanía física. Escuchar su voz.
Y en esa celebración del AMOR, ambos se transforman: ya no son dos que se poseen, sino dos creciendo en la luz de la compañía y siendo una misma piel. Feliz día.

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