DIARIO DE UNA HORMIGA
Hoy es 13 de octubre 2025.
Está mañana salí dispuesta a dar mi caminata diaria. Iba algo retrasada, pues ya el cielo mostraba su claridad. Y cuando abrí la puerta y salí al jardín, caminé un poco y me quedé extasiada y complacida, viendo a las mariposas jugando entre las flores y posándose en ellas.
En mi jardín las flores crecen libres, como pensamientos que no quiero podar. No las corto. Las dejo ser, porque me gusta verlas como se entregan al sol y al viento con alegría. Con sus colores, atraen a las mariposas y a los pequeños colibríes, quienes llegan sin aviso, y revolotean como si el tiempo no pesara, y ellos liban entre los pétalos con la delicadeza de contemplar la belleza.
Mi jardín, ese rincón de tierra y color, me habla sin palabras, recordándome que la paz no siempre está en el silencio, sino en el murmullo suave del aletear de las mariposas, y el aroma de las flores, como diciéndome que aún puedo florecer sin miedo.
Así, cada mañana, el jardín me recibe como quien recibe a una vieja amiga: con alegría y ofreciendo sus mejores colores. A veces, desde la terraza, miro hacia el jardín, y éste se convierte en un espejo donde veo reflejada mi alma sin apuro.
Cada flor que se abre cada día, cada mariposa que se posa en una flor, cada colibrí que liba el néctar con su largo pico en las flores, me recuerda que la vida no necesita ser controlada para ser hermosa.
Es entonces que entiendo la razón por la cual no recorto mis flores, y las dejo crecer salvajes. Porque esas flores y esas mariposas y esos pajaritos calman las tormentas de algunos días.
Y esa belleza que me muestran son medicina para mi. Son mi compañía. Son como una oración sin palabras, donde mi espíritu se aquieta y mi corazón se alegra sin saber por qué

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