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DIARIO DE UNA HORMIGA
Hoy es 15 de febrero 2026
Han vuelto las guacharacas a jugar entre las caobas. Y a gritar como locas y despertarme. Así que aún con los ojos cerrados, pienso en este diario y lo que me gustaría escribir hoy en él.
Porque todos los días vivimos una misma rutina, pero, si lo pienso bien, ¿puede el azar influir sobre mi día? Porque el azar puede colarse en mi rutina como una brisa mañanera que abre las ventanas y mueve las cortinas sin mi permiso.
Cada gesto rutinario de mi día —tomar el café, sentarme a escribir, el saludo al sol, el agradecer a Dios— parece un hilo que sostiene mi vida. Pero entre ese hilo, el azar puede hacer pequeñas brechas: una mirada desconocida en la calle, una hoja que cae distinta, un silencio que se prolonga más de lo previsto o una llamada imprevista.
La rutina me ofrece suelo seguro con raíces firmes; pero el azar me recuerda que las raíces no son suficientes para sostenerme, porque también me puede soplar el viento y arrancarme de mi zona de confort. En ese encuentro, descubro que no soy dueña absoluta de mis días: camino sobre un puente que se construye mientras avanzo, con maderas que a veces faltan y sobre las que debo cambiar el camino y otras veces hay pasadizos que brillan.
Llego a la conclusión, entonces, que el azar no contradice mi rutina, sino que la hace más fértil. Es como un resquicio por donde entra la luz, o como un eco que interrumpe la melodía para que yo escuche de nuevo, con más atención.
Y así, cada mañana, mi rutina se convierte en un rito abierto: un espacio donde lo inesperado se sienta a mi mesa y me enseña que la vida no es repetición, sino danza entre lo previsto y lo incierto. Donde no hay monotonía, sino aventura y sorpresas.
Feliz día para todos.
🐜🐜🐜
🐜Puede ser una imagen de océano y playa

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