DIARIO DE UNA HORMIGA
Hoy es 19 de diciembre 2025
Ayer por la tarde, cuando salíamos de la reunión del cumpleaños de mi nieto, me fijé en los colores del cielo. Era el atardecer, y el cielo se presentaba lleno de matices rojizos, de incomparable belleza.
Eso me produjo una sensación de meditación, que me impulsó a escribir en este día. Porque el atardecer no necesita adornos para ser hermoso. Basta mirar cómo el sol se inclina hacia el horizonte y deja tras de sí un resplandor que se apaga lentamente.
En ese instante, si lo pensamos, la vida parece recordarnos que todo tiene un ciclo: la luz se retira, la sombra avanza, y sin embargo no hay tristeza, sino calma.
Es un gesto simple de la naturaleza, pero en él se refleja la vida entera: la certeza de que todo concluye, y la esperanza de que tras la noche siempre habrá un nuevo amanecer. Pienso que el atardecer no es solamente un espectáculo de colores en el cielo, sino que nos recuerda que toda plenitud lleva consigo la semilla de su ocaso.
La luz que se extingue no es pérdida, sino tránsito: un paso hacia la calma, hacia la aceptación de que nada permanece fijo.
Si comparamos cada ocaso con el diario vivir, nos habla de su fragilidad, de la necesidad de soltar lo vivido para abrir espacio a lo que vendrá.
Nos enseña que la belleza no está en retener, sino en aceptar cada momento vivido con gratitud, aun sabiendo que es fugaz.
El atardecer es, en esencia, un espejo de la vida: nos muestra que los finales no son derrotas, sino parte del ritmo natural de la existencia.
Y en esa cadencia, entre la luz que se despide y la sombra que avanza, descubrimos la sabiduría de aceptar los cambios, de confiar en que cada cierre prepara el terreno para un nuevo comienzo.
Vemos en el atardecer, como el sol se va perdiendo en el horizonte, sabiendo que en la mañana, volverá con ímpetu a darnos su luz y vitalidad.
Feliz día para todos.

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