DIARIO DE UNA HORMIGA
Hoy es 3 de febrero 2026
Amanece. La claridad del día se anticipa a mis ganas de levantarme. Estos días he tenido bastante trajín guardando los adornos de navidad, y otras ocupaciones, y la verdad, ahora no me daban ganas de levantarme.
Pero el sol se anticipa a mis ganas y debo dar un salto al nuevo día. Pero ese anticipo, me ayuda a pensar y reflexionar sobre algo. Siempre quiero hacer todo con anticipación. Mi hijo me dice que soy “atorada”, y quizás tenga razón. Es que no me gusta dejar todo para última hora.
Yo creo que anticipar es extender mi mirada hacia lo que aún no ha llegado. Es un gesto de previsión que me protege del azar y me permite preparar mi ánimo y mi acción diaria.
Gracias a ella, puedo organizar mi vida, reducir el peso de la incertidumbre y encontrar serenidad en la claridad de lo previsto. La anticipación me da organización, me permite aprender de la experiencia y evitar errores repetidos. Es, en cierto modo, una forma de cuidado: cuidar del futuro antes de que se convierta en presente. Al menos así lo veo yo. Pero…
Pero como todo en esta vida, me doy cuenta que la anticipación también tiene un reverso. Cuando lo convierto en exceso, me roba la frescura del instante y me encadena a escenarios que quizá nunca ocurran. Me hace vivir en la sombra de lo posible y olvidar la luz de lo real. Anticipar demasiado puede llevarme a cargar con preocupaciones que aún no existen, es vivir dos veces el mismo temor: primero en la imaginación y luego, quizá, en la realidad.
Tal vez es por eso que mi hijo me dice siempre: “Mamá quédate quieta, deja el atoro, que cada día trae su propio afán”, porque me ve preocupada por algo que aún no ha pasado.
Así, la anticipación es una herramienta de doble filo. Nos ofrece seguridad, pero puede privarnos de libertad. Nos prepara, pero puede alejarnos de la espontaneidad.
El equilibrio está en saber usarla como guía, no como prisión: mirar hacia adelante sin dejar de habitar el presente. Lo intentaré.
Feliz día para todos.

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