DIARIO DE UNA HORMIGA
Hoy es 11 de abril 2026
Me desperté tarde. Algo inusual en mí. Pero valió la pena, pues fue debido al ajetreo de ayer. El día de ayer mi hijo me invitó a ir con él y su familia a pasar el día a Morrocoy. De inmediato respondí afirmativamente, y me preparé. Traje de baño, protector solar y demás necesidades para un día en el mar. Salimos muy contentos y animados, después de saludarnos con cariñosos abrazos. Tomamos carretera rumbo al Parque nacional Morrocoy. La primera parada fue a la salida de Boca de Aroa, a comer unas deliciosas empanadas como desayuno. Seguidamente continuamos el camino hasta llegar a la marina en Morrocoy. Allí el mar nos abrió su corazón como un templo azul. El clima estaba excelente, un sol suave nos envolvió mientras embarcamos en el yate de mi hijo. Una vez acomodados todos, partimos a nuestro destino en alguno de los maravillosos cayos de la zona. Nos instalamos en uno llamado Los Juanes. Mi hijo y mis nietos realizaron las operaciones de anclaje y procedimos a disfrutar de un hermoso día. El agua cristalina, fresca y atrayente nos rodeó, en un universo de paz y tranquilidad donde el mar respiraba con nosotros y nos convertía en parte de él. Mis nietos jugaban y recogían hermosas conchas del fondo. Un pez globo, vasto y curioso, se acercó sin miedo, recordándonos que la vida se expande cuando se comparte, y el pez se dejó acariciar. Nunca había visto un pez globo de ese tamaño. Parece que otras veces ese pez los ha acompañado y mis nietos lo llaman “el autobús”, por el tamaño que tiene, además tiene una marca en su boca que lo distingue de los demás. Fue un momento sublime. Más tarde, mientras estábamos comiendo, nos sorprendió el vuelo de las tijeretas con su alegre algarabía y su juego de vuelos de pesca. Pero lo más hermoso fue verlas descendiendo con la confianza de los ángeles, y tomar la comida de nuestras manos, hallando alimento y amistad.
Mi familia y yo, reunidos en la cubierta, formamos un círculo de gratitud: cada risa, cada gesto, fue un hilo que tejía la memoria. Y que acompañó la algarabía de las tijeretas y la visita de nuevo del pez globo, que al acercarse otra vez a la embarcación nos permitió darle alimento y cariño otra vez. En ese instante comprendí que la filosofía no está en los libros, sino en la comunión con lo vivo: el mar que respira, las aves que confías, los peces que se acercan, los hijos y los nietos que invitan. Morrocoy fue más que un lugar: fue un espejo donde la belleza nos recordó que somos huéspedes de la creación, y que la alegría se multiplica cuando se ofrece con manos abiertas. Regresamos con el alma alegre y el corazón rebosante de agradecimiento por las bendiciones recibidas. Fue un día inolvidable. Feliz día para todos.

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