DIARIO DE UNA HORMIGA
Hoy es 6 de abril 2026
Comienza una semana. Puede ser maravillosa o puede ser algo oscura. Todo depende de mí, de cómo me dispongo a vivirla.
Al despertar me prometí que la viviría con alegría y esperanza. Eso me llevó a reflexionar sobre algo interesante.
Hace algunos días, estuve escribiendo sobre la importancia de cumplir las promesas que hago a otras personas. Pero hoy pensé: ¿qué pasa con las promesas que me hago a mí misma?
Porque prometerse algo a una misma es como encender una lámpara en un cuarto oscuro: nadie más la ve, no hay testigos de esa promesa que me hago, solo un acuerdo íntimo con mi parte más honesta.
Yo puedo hacerme promesas pequeñas que parecen insignificantes: regar mis plantas, ordenar mi estudio, arreglar mis bibliotecas, escribir todos los días este diario, agradecer todos los días a Dios.
Pero en la pequeñez de esas promesas privadas, hay una fuerza secreta. Puedo compararlas con semillitas que no hacen ruido al caer, pero que, si las cumplo, pueden cambiar el suelo por donde camino.
Cuando cumplo las promesas que me hago en lo íntimo de mi corazón; sean pequeñas o grandes; estoy siendo honesta y leal a mí misma. Se que puedo confiar en mí. Esa confianza en mí, no permito que se rompa, sino quiero que se fortalezca en cada promesa que me cumplo.
Y cuando lo hago, mi conciencia se ordena mejor. Es una grata sensación de que avanzo en dirección correcta, que puedo ser fiel a mí misma. Porque al final, las promesas pequeñas hechas a mí misma son la manera más humilde y más profunda de cuidar mi propia dignidad.
Es un pequeño ejercicio de fidelidad, que me permitirá ser mejor y más verdadera cada día. Y poder mirarme al espejo, con la mirada limpia y agradecida.
Feliz día para todos.

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