DIARIO DE UNA HORMIGA
Hoy es 26 de enero 2026
Ayer amaneció el día lluvioso y nublado, una garuíta suave acompasaba la mañana.
Me levanté abrigada, pues realmente hacía un frío sabrosito. Parecía más bien una mañana de noviembre o diciembre. Hice mis oraciones, escuché y leí mis devocionales, desayuné e hice un poco de ejercicio para entonar el cuerpo.
Un poco antes de las 10, me fui a la clase de Tai chi, sosegada y tranquila. Llevaba en mis labios un puñado de amaneceres. Y “buenos días” para todos los transeúntes que pasaban a mi lado.
Y sucedió algo que me conmovió el alma, las miradas no se alzaron. Los rostros, endurecidos por la prisa o el peso invisible de lo no dicho, pasaron de largo. Ni una sonrisa. Ni un eco.
Y sin embargo, no fue en vano. Porque cada saludo que no vuelve es una semilla que cae en tierra dormida. Tal vez no germine hoy, ni mañana. Pero queda ahí, latiendo en el silencio, esperando que alguna grieta del alma se abra para dejar entrar la luz.
Porque definitivamente, hay quienes caminan como si la vida les debiera algo. Como si sonreír fuera una pérdida, o si la cortesía fuera un lujo de otros tiempos.
Pero yo, que sé quién soy y como soy, elijo otro proceder. El del gesto gratuito. El del saludo que no exige respuesta. La del alma que no se endurece aunque el mundo no devuelva el abrazo.
Porque, al fin y al cabo, no sé qué hay dentro del alma de cada persona y no soy quien para juzgar su actitud. No puedo saber si esa persona sufre, está enferma, o está pasando por un mal momento familiar. O simplemente, nunca le enseñaron buena educación.
Así que sigo saludando, aunque no respondan. Porque en cada “buenos días” que ofrezco, hay un acto de resistencia luminosa. Una forma de recordar que la vida, incluso en su aspereza, merece ser celebrada.
Feliz día con muy buenos días y buena educación.

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