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DIARIO DE UNA HORMIGA
Hoy es 29 de abril 2026
La hormiguita ayer, quedó como picada de avispa, pues quería decir algo más, y el espacio no se lo permitió. Así que hoy decidió continuar con el tema que había comenzado. Y escribirá sobre el que escucha la conversación. Eso que en el colegio nos decían “el buen oyente”. Porque saber escuchar también es un arte. No es dejar que las palabras caigan como lluvia en un tejado, sino saber escucharlas y recogerlas con atención. El buen oyente sabe que escuchar es un trabajo fino donde cada silencio tiene peso y cada palabra sostiene un puente invisible. Es un acto de deferencia, una forma de decir: “Tu mundo importa, incluso cuando no lo entiendo del todo”. Es abrir espacio sin prisa, esperando el momento de hacer las preguntas con cortesía, sin la urgencia de corregir, sin la tentación de convertir la conversación en un espejo propio de yo, yo y yo. El respeto se vuelve entonces una especie de suelo fértil donde la voz del otro puede descansar sin miedo. También exige presencia, esa rara cualidad de estar sin dispersarse, de no huir hacia adentro consultando el móvil para leer los mensajes mientras el otro habla. El buen oyente se queda, incluso cuando las palabras del otro sean torpes, largas o incómodas. Se queda porque sabe que su presencia es un regalo que no se compra ni se improvisa. Y es allí cuando el oyente cose la experiencia del hablante, a la suya propia, no para sentir lo mismo, sino para que el otro pueda sentir que tiene un lugar en nuestro pensamiento, dónde sin ser él, podemos demostrarle entendimiento y deferencia. Y en ese saber estar escuchando, surge la autocrítica, esa voz suave que nos recuerda que no siempre tenemos la razón, que nuestras ideas tal vez pueden ser más estrechas, que a veces escuchamos para responder y no para comprender. El buen oyente se revisa, se corrige, se desarma un poco para hacer espacio a lo que no sabía y poder, con respeto, preguntar. No para interrogar, sino para aclarar. Preguntas que no buscan exhibir inteligencia, sino abrir ventanas. Y que ayudan al otro a escucharse a sí mismo. Ser un buen oyente es, al final, un acto de amor discreto: una forma de apoyar al otro sin lastimar, de estar a su lado, sin querer ser primero, de estar sin quitar. Y en ese silencio de saber escuchar se puede encontrar la verdadera conexión humana.
Feliz día para todos.
 Puede ser una imagen de una o varias personas, personas sonriendo, encaje, anteojos y joyas

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