DIARIO DE UNA HORMIGA
Hoy es 8 de junio 2026
Temprano, en mi terraza de pensar, recordé mi día de ayer. Había amanecído con algo de dolor de cabeza, pero más tarde me fui a la práctica de Tai chi de los domingos. No obstante, a veces el cuerpo habla más fuerte que la voluntad.
Hacía mi práctica con los compañeros, y el malestar se convirtió en una punzada en la cabeza, y un mareo leve, seguido de nauseas. Y en ese instante pensé en retirarme. Pero entonces ocurrió el milagro silencioso de la amistad.
Algunas compañeras se acercaron, me miraron con atención verdadera, y sin palabras me hicieron sentir que no estaba sola. Sentí sus manos, sus abanicos moviendo el aire como si quisieran espantar la incomodidad. Sentí el caramelo que me ofrecían, no como un gesto trivial, sino como un pequeño pacto de cuidado.
Y comprendí que la ayuda de los amigos no es grande ni pequeña, es exacta. Llega justo donde se necesita, cuando uno empieza a dudar de su propia fuerza. La amistad fue eso, un círculo que se cerró a mi alrededor para sostenerme. Un espacio donde pude flaquear sin vergüenza, donde mi fragilidad de ese momento, no fue un problema, sino una oportunidad para que el cariño se manifestara.
Eso me recordó que la vida no la transito sola, aunque a veces lo olvide. Qué alivio sentí cuando había hombros cerca. Qué paz sentir sus palabras de ánimo. Ese es el valor de la amistad, una presencia que no pregunta, y no pide nada a cambio, que simplemente está.
Y que me acompañó hasta que respiré hondo y dije que ya estaba mejor. Y entonces, cuando mi fuerza regresó, entendí que no solo me ayudaron a sostenerme, también me recordaron que pertenezco, que importo, que soy parte de un tejido humano que se activa cuando más lo necesito. Y ese descubrimiento, más que cualquier medicina, cura.
Feliz día para todos.

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